LA EXCELENCIA EDUCATIVA Y EL RETO DE LA SOCIEDAD DEL CONOCIMIENTO

La necesidad de lograr la excelencia se presenta como el reto más importante que debe enfrentar el sistema educativo ante el surgimiento de la Sociedad del Conocimiento que caracteriza al Siglo XXI. Pero para entender mejor los cambios perentorios que se requieren en el sistema educativo y, sobre todo para alcanzar la excelencia en la educación superior, es necesario analizar los desafíos que tiene que enfrentar el sistema educativo, a todos sus niveles, ante el dinámico proceso de transformaciones que nos plantea la globalización, la revolución tecnológica y la aparición de la referida sociedad del conocimiento. La globalización no puede ser vista solamente a la luz de la nueva configuración, que en las últimas décadas, se ha venido generando en el ámbito de la economía y de los mercados. Se trata de una realidad que debe ser entendida como un proceso o un sistema, o como un proceso y sistema que está provocando una red de interrelaciones o interdependencias entre diversas regiones geográficas, países y culturas que envuelven, no sólo la economía, sino igualmente otras múltiples facetas del quehacer humano y que afecta no solamente las relaciones del Estado y de las sociedades nacionales, sino también las relaciones de la humanidad con su entorno ambiental, es decir del hombre con el planeta en el cual convive. Lo que priva en este proceso contemporáneo o postmoderno de globalización es la conquista de los mercados y la lucha por la generación y el dominio de los conocimientos. Es por ello que la educación y el proceso educativo, son un factor critico en la nueva globalización. Por otra parte, es bueno entender que, si bien es cierto que muchos de los adelantos científicos y cambios tecnológicos que están surgiendo, al compás de la globalización, representan grandes posibilidades de superación para la sociedad humana, no es menos cierto que el producto de esas innovaciones no está beneficiando a todos por igual. Al contrario, informes recientes de Naciones Unidas indican que los 55 países más pobres, se han depauperado aún más en la última década; aunque en el empobrecimiento de muchos de estos países han incidido las perversas consecuencias de gobiernos ineficientes y corruptos y de erráticas políticas económicas que, en gran medida, han impedido que estos países puedan mejorar sus sistemas educativos y sus instituciones para aprovechar los beneficios de la globalización y saber confrontar inteligentemente los riesgos de dicho proceso. En todo caso, cada vez se suman más voces al coro mundial que reclama una reorientación del proceso de globalización para que éste sea gobernable, en términos económicos, políticos, sociales y del interés planetario. Pues si bien es cierto que no es posible jugar al avestruz, es decir que no se puede ignorar la globalización y la revolución tecnológica; estos procesos de cambio no pueden continuar operando sólo con objetivos economicistas y excluyentes de producción y acumulación de riqueza. Pero para lograr una globalización compartida y simétrica, es decir para que la globalización impulse en todos los países el desarrollo con equidad social, es necesario darle sentido humano al proceso y, a nivel de cada país, generar profundas reformas estructurales y gobiernos eficientes y capaces de promover modernos sistemas educativos, a fin de superar la abismal brecha tecnológica entre países ricos y países pobres. Se requiere igualmente políticas deslastradas del rentismo y del clientelismo populista; es decir, que impulsen la productividad y que promuevan el esfuerzo emprendedor de todos y cada uno de los ciudadanos. No hay dudas que la educación, por el papel clave que está cumpliendo en la sociedad de la información y del conocimiento, representa una herramienta fundamental para lograr la incorporación de los países que hasta ahora han estado rezagados del proceso de globalización. Pero ello sólo se puede lograr a través de la búsqueda de la excelencia y la democratización en el proceso educativo. Sin embargo, no es posible que el sistema educativo cumpla el papel protagónico en estos cambios, si dicho sistema y las instituciones que interactúan en el mismo, no se convierten igualmente para enfrentar ese ritmo acelerado de transformaciones, en base al cual se está construyendo la nueva sociedad. Los efectos nocivos de la globalización y la necesidad de los cambios requeridos para enfrentar los retos y aprovechar las oportunidades del proceso, se hacen más evidentes en el caso de América Latina, región que ha estado estancada en su desarrollo, como consecuencia, entre otras, de factores culturales heredados del régimen de conquista y de colonización y del crisol de razas que constituye el hombre hispanoamericano. Factores que se pueden sintetizar en lo que podríamos denominar como la "cultura del subdesarrollo y del realismo mágico", en la que se han sustentado las políticas estatistas, rentistas y clientelares que mantuvieron hasta hace pocas décadas, a la mayoría de los países de la región sumergidos en graves crisis económicas y políticas y marginados de las grandes transformaciones que se están sucediendo en el mundo industrializado. En el caso específico de Venezuela, la cultura rentista ha sido potenciada por el flujo de recursos petroleros, cuya producción y manejo monopoliza el Estado, quien actúa como el gran distribuidor, en una función paternalista y clientelar que, en nada beneficia ese cambio necesario hacia la sociedad productiva y competitiva requerida para que el país se pueda insertar, sin mayores traumas en el proceso global. Por ello es imprescindible e impostergable la revolución educativa, a fin de superar esa cultura rentista y de restablecer -con palabras de Arturo Uslar Pietri- esa relación rota entre la idea del trabajo y la idea de la riqueza; desarrollando, a través de un nuevo sistema educativo, y a todos los niveles del mismo, una nueva mentalidad en el venezolano, orientada hacia el esfuerzo productivo, hacia la responsabilidad ciudadana y hacia la cultura de los valores y de la solidaridad; acrecentando de esa manera nuestro capital humano y social, para aprovechar en toda su extensión, el valioso capital físico de que dispone el país. Dadas las graves deficiencias presentes en todos los estamentos de nuestra educación, no hay dudas que la reforma educativa, debe atacar, diríamos que de manera simultánea, todos los niveles del sistema. Por ello es que éste no puede ser un proyecto excluyente, como responsabilidad única del Estado. Debe ser y tiene que ser una magna obra que comprometa a todo el país; tal y como lo hicieron los exitosos países del sudeste asiático que por esta vía, entre otras, han logrado en menos de 5 décadas superar el subdesarrollo, y como más recientemente lo han estado haciendo países de América Latina como Chile y Costa Rica. Es decir la revolución educativa, con objetivos de democratización y de excelencia debe ser la prioridad nacional y el objetivo básico de concertación de todos los venezolanos. Si tomamos como base las innumerables debilidades que se identifican en nuestro sistema educativo y consideramos las exigencias del nuevo paradigma de la educación que está surgiendo globalmente, como respuesta a las exigencias de la sociedad de la información y del conocimiento, es obvio que los cambios requeridos en Venezuela para lograr una eficiente educación, desde la escuela primaria, hasta la universidad, pasan por la gran decisión de rejerarquizar la educación en las prioridades nacionales y en el reconocimiento social; mejorar sustancialmente la formación y remuneración de los docentes; introducir en el sistema y a todos los niveles, las novedosas técnicas y herramientas que la revolución de la informática pone a la disposición del proceso de enseñanza-aprendizaje y promover una estrecha vinculación entre la escuela, el sector productivo y la sociedad. Es igualmente importante dar un sentido integral al proceso educativo e impulsar la pedagogía de los valores, para incorporar en el mismo la practica de la ética, la enseñanza de los valores ciudadanos, de la solidaridad, de la asociatividad y cohesión social y de la creatividad y el sentido de productividad en el trabajo. Todo ello con el objetivo fundamental de acrecentar el activo de Capital Social del país, como estrategia prioritaria para lograr un desarrollo con sentido humano. Todo lo anterior supone la racionalización de la inversión pública, con un mayor compromiso del Estado con la educación primaria y secundaria, tal y como opera en los países que tienen eficientes sistemas educativos. El cambio supone igualmente impulsar la descentralización de la gestión educativa, transfiriendo competencias no sólo a los estados, sino también a las municipalidades y comunidades organizadas, y el establecimiento de sistemas de evaluación de desempeño para lograr la eficiencia en la administración de los recursos y la calidad en la docencia. Reinventar la Universidad Especial referencia debemos hacer, en relación a la reforma de la educación superior y de la institución universitaria, como cúspide de ese subsistema. La nueva globalización y la revolución tecnológica están planteando graves retos a la universidad tradicional, al extremo de que ahora se habla de reinventar la universidad, para que asuma un papel protagónico en la Sociedad del Siglo XXI que será la Sociedad del Conocimiento. Y es eso precisamente lo que tenemos planteado en Venezuela, como en toda América Latina y el Caribe. Y es lo que estamos haciendo en la Universidad Metropolitana. Las cambiantes realidades que tiene que enfrentar la educación y, en especial las universidades como cúpula del sistema educativo y la restricción de recursos que, especialmente en países en desarrollo como Venezuela, limitan cualquier plan de reformas, obligan a pensar con criterios conservadores o realistas en los cambios requeridos en nuestra universidad, es decir manteniendo el justo equilibrio entre la universidad deseable y la universidad posible. El profesional en la sociedad global y del conocimiento. El proceso de globalización y la nueva economía que dicho proceso está promoviendo, están creando mayores exigencias al profesional universitario para desempeñarse competitivamente en la sociedad global y del conocimiento. Será un profesional valorado más por sus conocimientos que por su capacidad física o lealtad; requerirá de una formación interdisciplinaria, de capacidad de liderazgo y de visión de largo plazo; deberá tener mente amplia y flexible para enfrentar las cambiantes y ambiguas circunstancias de la nueva sociedad; deberá tener el dominio de los tres idiomas de la postmodernidad: el inglés, la informática y el idioma de los negocios globales; deberá tener capacidad de aprender a aprender y a desaprender; deberá estar dispuesto a un alto grado de movilidad laboral y a mantenerse en un proceso continuo de adiestramiento y actualización profesional, en cualquier tiempo y en cualquier lugar. Es obvio que este novedoso perfil que define al profesional del Siglo XXI, implica un profundo cambio en la demanda de la educación superior que plantea la necesidad de un nuevo paradigma educativo y de una nueva universidad para la Sociedad del Conocimiento; una universidad en la que el objetivo de la educación -como lo plantea Malcom Forbes- será "reemplazar una mente vacía por una mente abierta". La nueva universidad para la Sociedad del Conocimiento. Los expertos en el área pronostican que en la universidad del futuro la Nueva Escuela ya no estará enfocado hacia la facultad, sino hacia el estudiante; no estará orientada por investigación y docencia, sino por las demandas del aprendizaje; no tendrá necesariamente una ubicación geográfica, sino estará centrada en la web; el proceso clásico de aprendizaje centrado en temas específicos, será reemplazado por el aprendizaje de las demandas del conocimiento del momento; no se fundamentará en la memorización, sino en procesos de síntesis; no será sincrónica, sino asincrónica; no estará orientada por procesos de socialización, sino por resultados. El nuevo paradigma de la educación superior. En ese proceso de cambios, el nuevo paradigma educativo que será determinante para las transformaciones que deben producirse en la institución universitaria como respuesta a las demandas educativas de la economía digital, tendrá características muy distintas al modelo de la educación tradicional. El trabajo y el aprendizaje se entenderán como un mismo concepto y actividad; el aprendizaje continuo aparece como un reto vital y con tendencias a realizarse fuera del sistema educativo formal; se estima un proceso lento de transformaciones y ajustes de las instituciones tradicionales; la velocidad de los cambios y la lentitud para ajustarse a los mismos de las universidades tradicionales provocan la necesidad de crear nuevas organizaciones de aprendizaje, fuera del sistema educativo formal; este nuevo paradigma universitario estará en gran medida determinado por la aplicación de las nuevas tecnologías de informática como apoyo a la docencia y a los servicios e infraestructura de aprendizaje. La revolución de la informática y de las telecomunicaciones y los cambios del paradigma educativo. La aplicación de las nuevas herramientas de la informática y de las telecomunicaciones en el ámbito de la educación superior es de gran utilidad como apoyo a la gestión docente, facilitando a los profesores y a los estudiantes, en forma individual y colectiva, un proceso dinámico y colaborativo de enseñanza-aprendizaje que plantea un nuevo perfil del educador como diseñador de los materiales de instrucción y facilitador del ambiente de aprendizaje, y una actividad diferente del educando que reemplaza la pasividad del modelo tradicional por una función activa y protagónica en la construcción y creación de conocimiento. Por ello en la nueva educación que está surgiendo, al ritmo de los cambios tecnológicos, se habla de procesos más eficientes de instrucción y de transmisión de conocimientos que promueven en el educando el desarrollo de nuevas habilidades y destrezas para aprender a hacer y aprender a ser, es decir para lograr autogestionar su aprendizaje. Las nuevas tecnologías y las estrategias de apoyo educativo. No hay dudas que la revolución de la informática, como una de las manifestaciones más resaltantes de la revolución tecnológica contemporánea está actuando como agente motorizador de los profundos cambios que están ocurriendo en la educación, en todos los niveles. Esto se logra no sólo por el acceso a vastas áreas de información que facilitan las computadoras y la red informática; sino también porque ello contribuye a la investigación educativa y a estimular el interés y la atención de los educandos, promoviendo sus aptitudes cognoscitivas y los ambientes colaborativos que facilitan el proceso de enseñanza-aprendizaje. Sin embargo, tal y como se plantea en un estudio del BID1, la incorporación a gran escala de las nuevas tecnologías en el ámbito educativo, a menudo crea problemas que es necesario evaluar con detenimiento, bajo la premisa de que estas tecnologías no pueden considerarse como una panacea. Especialmente si tomamos en cuenta lo costoso que pueden resultar inicialmente estas herramientas de la informática, no sólo para su implementación, sino igualmente porque las mismas son sujetos de rápidos reemplazos tecnológicos que pueden hacer muchas veces antieconómicas las inversiones que las mismas representan. En el referido estudio se insiste en la necesidad de evaluar las inversiones en estas nuevas tecnologías con criterios sensatos, pues son muchos los cementerios de experimentos fracasados en este campo; por lo que se impone la necesidad de ser selectivos y considerar con reservas las múltiples iniciativas y productos que con entusiasmo y mucha habilidad proponen a las instituciones educativas los numerosos fanáticos de la tecnología que operan como entusiastas vendedores y promotores de las grandes empresas de informática. Para el Banco Interamericano de Desarrollo, los países no industrializados y por tanto con limitados recursos financieros y tecnológicos y con mediano o poco acceso a la informática y a la cultura de la virtualización educativa, deben ser muy selectivos y conservadores en la incorporación de la tecnología informática al proceso educativo. Se afirma que, aún con los avances más recientes en este campo que tienden a reducir costos de nuevos equipos y sistemas, la educación virtual, por ejemplo, basada en la tecnología de la información y las redes, supone importantes inversiones para una universidad tradicional y, aunque puede mejorar la calidad de la oferta educativa, no necesariamente reduce costos, ya que, especialmente en los países en desarrollo que aún no cuentan con una infraestructura informática suficientemente establecida, la demanda por este tipo de educación es limitada y por lo tanto los costos unitarios pueden resultar más altos que los de la educación presencial. Lo anterior no excluye la posibilidad futura de que, con los rápidos avances de las innovaciones en este campo y, por consiguiente, las mayores posibilidades de que nuestros países puedan expandir a vastas capas de población el acceso a la informática; estas tecnologías puedan igualmente masificar su uso. Si ello sucede, no sólo se reducirían drásticamente los costos unitarios, si no igualmente se podría contribuir a cambiar el sesgo excluyente que hasta el presente caracteriza a la globalización, porque ha generado una mayor brecha entre ricos y pobres y porque no ha sido capaz de promover una distribución equitativa de los frutos del progreso, ni de satisfacer las enormes necesidades educativas de las grandes masas de poblaciones, sumidas en la pobreza y la indigencia; tal y como lo reflejan las estadísticas en América Latina, la región mas desigual del mundo. Premisas básicas para la universidad del futuro. La universidad que queremos. Construir la universidad del futuro con criterios de excelencia, supone, como premisa básica, descartar el modelo economicista y perfeccionista que se limita a objetivos de rentabilidad económica, enfoques tecnocráticos y evaluación de la pertinencia sólo en función de las demandas del mercado. Supone igualmente desechar el modelo reflexivo o autista de una institución que privilegia el ser y los valores básicos institucionales, la búsqueda de la verdad sin restricciones y la promoción del saber por el saber, sin considerar costos y aplicaciones inmediatas. La premisa básica para los cambios requeridos en la Universidad ante los retos de la Sociedad del Conocimiento, plantea la construcción de un paradigma de universidad de excelencia, en el cual los criterios de calidad y excelencia se apliquen no sólo al objetivo fundamental de educar para la Sociedad del Conocimiento y la nueva economía, sino también en la gerencia de los recursos y en el empeño que debe hacerse para satisfacer las demandas del mercado y contribuir a la solución de los graves problemas sociales del país. La idea de la "planificación continua" o "improvisación estratégica" (Pierre Cazalis, 2001) debe orientar el esfuerzo de desarrollo futuro de la UNIMET, como una forma de marcar distancia con el concepto tradicional de planificación estratégica. Esta novedosa forma de concebir la función de planificación requiere de un proceso descentralizado y altamente participativo, que debe realizarse partiendo de las unidades operacionales que están al frente en el día a día de la universidad. Dadas las cambiantes realidades que deberá enfrentar la institución universitaria hacia el futuro, es difícil prever a mediano y largo plazo las circunstancias o condicionantes que determinarán la razón de ser y forma de operar de estas instituciones, por ello se impone la necesidad de enfrentar la transformación de la Universidad con esos criterios de planificación continua, o de improvisación estratégica. La nueva universidad y la pedagogía de los valores. El país requiere renovar su sistema de educación superior y promover la excelencia en sus universidades para que las mismas sean agentes activos, en el esfuerzo que se impone para romper con la cultura del rentismo y del realismo mágico y desarrollar la cultura de la productividad y la calidad, que son valores fundamentales para hacer frente a los actuales escenarios globales. Requiere igualmente que sus universidades asuman un pacto social para enseñar el respeto a las instituciones; para fomentar la cultura ciudadana, los valores éticos y morales y la solidaridad; para formar los líderes nacionales en la sociedad del conocimiento, no sólo como profesionales altamente competitivos por sus habilidades, sino también por su capacidad emprendedora y promotora. Se hace necesario igualmente reforzar los valores autóctonos, a fin de que el país se inserte, con identidad propia en el proceso global. En síntesis, para acrecentar el capital humano, la capacidad humana y el capital social que serán los verdaderos recursos para la construcción de la nueva Venezuela. La nueva universidad que hay que lograr en Venezuela, dada la crisis de valores que vive el país, debe contribuir eficientemente, mediante la pedagogía de los valores, a la restauración de un consenso moral como forma de asegurar la supervivencia de la sociedad y del Estado. Sin embargo, esa nueva pedagogía de los valores debe impulsarse desde la niñez, es decir desde la base y, a todo lo largo del proceso educativo, para promover en nuestra juventud un sólido fundamento ético, al igual que el valor de la autoestima, el orgullo nacional, y los valores de la excelencia. Venezuela necesita una educación superior que eduque no sólo para la productividad y el desarrollo científico y tecnológico, sino también para la convivencia social y la solidaridad y sobre todo, para contribuir eficientemente a la lucha contra la pobreza y la exclusión y a un desarrollo sustentable, en términos económicos, políticos, sociales y en armonía con el ambiente. Este debe ser el objetivo básico del contrato social que deben asumir las universidades con el país y debe ser parámetro fundamental para la evaluación del desempeño de estas instituciones. Las nuevas herramientas de la economía digital deben ser incorporadas racionalmente dentro del proceso de cambios que requiere la universidad venezolana. Es decir, las computadoras, Internet y la red de informática deben incorporarse, como apoyo a los métodos novedosos de la educación virtual, para lograr una mayor eficiencia en los procesos de instrucción y de transmisión de conocimientos. Para lo cual no sólo se requiere equipar adecuadamente a las instituciones con esas herramientas de la informática; sino también entrenar a los docentes y a los estudiantes en estas nuevas tecnologías educativas. Estas nuevas estrategias de apoyo educativo deben entenderse como medios para desarrollar en el estudiante de educación superior y futuro profesional actitudes y habilidades que lo formen para que sea capaz de autogestionar su aprendizaje y mantenerse en un proceso continuo de actualización de sus conocimientos. Para enfrentar el reto de la revolución científica y tecnológica y tratar de acortar la inmensa brecha que, en la producción de nuevos conocimientos y de desarrollo tecnológico tiene el país en esta área, los cambios en el nivel de educación superior deben orientarse adicionalmente hacia el desarrollo del sistema científico y tecnológico nacional y el fortalecimiento de la educación avanzada; entendida como un proceso continuo y cambiante de aprendizaje, en función del mercado del conocimiento. Para ello se requiere orientar los postgrados como apoyo al desarrollo científico y tecnológico nacional y a la mejora de la educación superior. Debe entenderse que en los tiempos de revolución científica y tecnológica global, una universidad para acreditarse como institución de excelencia, debe contar con un fuerte componente de investigación y con una importante oferta académica de postgrado. Para el logro de los anteriores objetivos, es necesario impulsar un plan nacional de desarrollo de la ciencia y tecnología, fortaleciendo este sector, con la asignación de recursos públicos suficientes y promoviendo una importante participación del sector productivo nacional en apoyo a los programas avanzados y de investigación. Deben así mismo buscarse alianzas estratégicas, con otras universidades de países más avanzados, especialmente de Norte América y de Europa y con el sector empresarial, para identificar áreas de interés para la investigación y la innovación, que ayuden a desarrollar tecnologías y procesos, acordes con nuestra realidad y que faciliten la transferencia tecnológica. Dos aspectos son de vital importancia como complemento de lo expuesto. En primer lugar es necesario mejorar sustancialmente la calidad y cantidad de los docentes investigadores y de postgrado: y, en segundo lugar, debe promoverse que la aplicación de los recursos, tanto públicos como privados que se dediquen al fortalecimiento del sector de la tecnología se haga de manera focalizada y selectiva, en función de la competencia en calidad, a fin de incrementar la efectividad en el uso de los mismos. La reforma de la institución universitaria y del subsistema de educación superior venezolanos debe contemplar igualmente y, tal como está planteado para toda América Latina y el Caribe, transformaciones importantes en los aspectos docentes, de gestión y del financiamiento. Se impone la necesidad de incorporar normas meritocráticas para valorar el rendimiento estudiantil, e igualmente para la administración del personal académico y administrativo. Sólo así se lograrán instituciones de excelencia, es decir instituciones que aseguren la calidad en la gestión administrativa y en la gestión de la docencia. Debe profesionalizarse la docencia universitaria y prestigiarse socialmente esta actividad que es fundamental para el destino del país, asegurándole remuneraciones adecuadas, un sistema de carrera que promueva el mejoramiento continuo y la actualización de los conocimientos de los docentes, con estudios de cuarto y quinto nivel, y el reconocimiento al mérito y al desempeño. Sólo así podrá eliminarse el gremialismo clientelar e incrementarse el porcentaje de profesores dedicados a tiempo completo a la labor docente y de investigación. Las estrategias para implementar estas propuestas de cambio deben contemplar la actualización permanente de los curricula de los programas y de la oferta académica en general. Así mismo debe promoverse el desarrollo de programas inter y multidisciplinarios y el fortalecimiento de programas de extensión y desarrollo profesional para el reciclaje, la complementación y la educación permanente, en función de las exigencias del mercado. La extensión universitaria y la educación continua deben contribuir a hacer efectivo el pacto social que estás instituciones deben desarrollar con el sector productivo, con el Estado y con la comunidad en general, como forma eficiente de contribuir, mediante la educación continua, la asesoría y la investigación aplicada, a la solución de los grandes problemas del país y de sus colectividades. El tema del financiamiento a la educación superior debe deslastrarse del populismo y sincerarse, en función, como hemos dicho, del gran reto que tiene el Estado de atender con prioridad los niveles primario y básico del sistema educativo. Todo ello debe acompañarse con un apropiado sistema de rendición de cuentas y de evaluación de desempeño o de análisis institucional, que incluya la acreditación interna y externa de los programas y de las instituciones. Sistema que debe institucionalizarse en toda la actividad universitaria; ya que para lograr una universidad de excelencia, la docencia, la investigación y la gerencia universitarias deben estar sometidas a un sistema permanente de evaluación, fundamentado en indicadores de calidad de gestión, perfectamente definidos. El análisis institucional es fundamental para determinar como está posicionada la universidad, en términos del cumplimiento de misión y programas, a fin de evaluar su posición competitiva en el mercado y sus debilidades y fortalezas para enfrentar oportunidades y riesgos. Es indispensable igualmente para saber hacia donde va la organización y responder oportunamente a los cambios del entorno; y, finalmente, para determinar la mejor forma de lograr los objetivos de la organización, evaluando los costos asociados a las diversas alternativas de acción. Entender la universidad como sistema abierto. En Venezuela hay que hacer un gran esfuerzo para desarrollar la cultura del análisis institucional en las universidades y en todo el sistema educativo. Para ello debe entenderse a estas instituciones como sistemas abiertos, integrados por tres componentes centrales: 1) Los insumos, constituidos por estudiantes, personal docente y de apoyo administrativo; infraestructura física, equipos y recursos financieros, 2) Los Procesos, integrados por la misión institucional, programas y servicios académicos, tiempo de permanencia de profesores y estudiantes, indicadores de calidad, productividad, planificación y presupuesto; y 3) Los Productos, que son los egresados y las contribuciones que aporta la institución en términos de generación de conocimientos, publicaciones, patentes y servicios públicos. Educación de excelencia y democratizadora. No hay dudas que para lograr la excelencia y la democratización de la educación, en especial de la educación superior, se requiere introducir profundos cambios en el sistema educativo y en sus instituciones, para ajustarlos a criterios meritocráticos, no elitescos, no sólo en relación a la comunidad estudiantil, sino igualmente al personal docente y administrativo, a fin de asegurar la calidad de la gestión y la calidad académica. Lograr una educación de excelencia, democrática y democratizadora debe ser el gran proyecto nacional para el Siglo XXI. Sólo así podremos deslastrarnos de la cultura rentista e iniciar con bases sólidas la reconstrucción del país. Sólo así Venezuela podrá insertarse en el proceso globalizador minimizando sus riegos y aprovechando al máximo las inmensas posibilidades que brinda la Sociedad del Conocimiento que se está configurando con dicho proceso.

LA EDUCACIÓN DE EXCELENCIA Y DEMOCRATIZADORA DEBE SER EL PROYECTO NACIONAL DEL SIGLO XXI

José Ignacio Moreno León

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